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Joven de 23 años fue asesinado por varios hombres armados y abandonado en una quebrada de San Vicente Ferrer
Un nuevo hecho de violencia sacude al Oriente antioqueño. En esta ocasión, la víctima fue identificada como Jonny Alejandro Ospina Agudelo, de 23 años, quien fue asesinado a tiros en la vereda El Cantor, zona rural de San Vicente Ferrer.
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Según el reporte del caso, la Policía se desplazó hasta la escuela de la vereda tras recibir una alerta de la comunidad sobre la presencia de un cuerpo sin vida en la quebrada La Cejita. Al llegar al lugar, las autoridades encontraron el cuerpo que presentaba tres impactos de bala en el cuello y el abdomen.
Testigos informaron a las autoridades que cuatro sujetos a bordo de dos motocicletas llegaron al lugar y, sin mediar palabra, dispararon contra la víctima, causándole la muerte de forma inmediata.
Las autoridades no descartan varias líneas de investigación, mientras que la administración municipal invitó a la ciudadanía a suministrar cualquier información que pueda ser relevante para la investigación.
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Noche de milagro en Medellín: Policías asisten parto en el Parque Berrío
La noche envolvía el Parque Berrío, cetro de Medellín. Los subintendentes Julio González y Moisés Rojas, veteranos de la Estación de Policía Candelaria, recorrían las calles con la rutina de quien conoce cada grieta de su territorio. Su turno de vigilancia transcurría sin sobresaltos, una noche más en la que la ciudad parecía contener la respiración.
De pronto, un grito rasgó el silencio. No era un lamento de dolor, sino un llamado desesperado. Una mujer, su cuerpo encogido sobre el frío pavimento, clamaba por ayuda. La urgencia en su voz heló la sangre de los policías. Instantes después, comprendieron la gravedad de la situación: la mujer estaba a punto de dar a luz. Así lo manifestó Julio González
El tiempo se desvaneció. No había tiempo para traslados, ni para protocolos. La vida, impaciente, se abría paso en medio de la noche. Los subintendentes, con la templanza de quienes han visto de cerca el filo de la existencia, se arrodillaron junto a la mujer. Sus manos, acostumbradas a la dureza del servicio, se convirtieron en improvisadas parteras.
El uniformado González reaccionó. pensó en su esposa embarazada y dijo que tenía que salir adelante en este parto. Aún más porque esperaba de su esposa trillizos.
En el asfalto, bajo la pálida luz de las farolas, nació una niña. Su llanto, un himno a la vida, se mezcló con el ulular de las sirenas que se acercaban. Los funcionarios de salud, alertados por los policías, llegaron para hacerse cargo. La madre y su hija, envueltas en mantas térmicas, fueron trasladadas a un hospital cercano.
Los subintendentes González y Rojas, con la mirada perdida en la noche, sintieron el peso de lo extraordinario. Habían sido testigos del milagro de la vida, un destello de esperanza en medio de la oscuridad. Su labor, esa noche, trascendió la mera vigilancia. Se convirtieron en guardianes de un nuevo comienzo, en héroes anónimos que recordaron a la ciudad que, incluso en sus rincones más olvidados, la vida siempre encuentra un camino.